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La energía para el desarrollo sostenible
José Miguel Insulza
Los
ministros de Relaciones Exteriores de las Américas se reúnen entre el 3 y el 5
de junio en Panamá en la XXXVII Asamblea General de la Organización de los
Estados Americanos, para abordar un tema crucial en la agenda hemisférica del
siglo XXI: La Energía para el Desarrollo Sostenible.
Siendo la
OEA un foro donde se discuten los problemas que afectan a la región, no puede
permanecer pasiva ante la permanente fluctuación de los precios de los
combustibles fósiles, la preocupación por su durabilidad y el vínculo existente
entre su uso y el impacto sobre el medio ambiente a través de la contaminación y
el cambio climático. Tampoco puede ignorar que el tema energético ha impulsado a
los líderes de nuestra región a centrar su atención y a promover acciones
tendientes a asegurar un manejo sustentable de la cuestión energética.
Así lo
evidencian, entre otros destacados eventos, la visita que el presidente de los
Estados Unidos, George W. Bush, efectuó en marzo último a la República
Federativa del Brasil, a su par Luiz Inácio Lula Da Silva, y en la que ambos
establecieron una alianza en el ámbito de los biocombustibles; así como la
Cumbre Energética que los mandatarios de los países de América del Sur
realizaron en Isla Margarita, el pasado 17 de abril, donde el Presidente de
Venezuela, Hugo Chávez, propuso la instalación de 13 refinerías en varios países
sudamericanos.
Es sabido
que el desarrollo económico y social conlleva un consecuente aumento de la
demanda energética, lo que requiere que los países importadores verifiquen
permanentemente sus opciones y diversifiquen sus fuentes de suministro.
Conscientes de esta realidad, como también del desequilibrio existente entre la
oferta y la demanda de energía, desde hace varias décadas los gobiernos de la
región han venido estableciendo acuerdos de integración energética bajo diversos
formatos. Esto, porque aun siendo América Latina una zona rica en petróleo, gas
e hidroelectricidad, los desafíos son complejos e inmediatos, fundamentalmente
en América Central y el Caribe, donde este recurso es deficitario.
Según
estudios de CEPAL que comparan la intensidad energética de América Latina y el
Caribe con la de países de la OCDE, nuestros países no han logrado separar el
consumo energético del crecimiento económico, mientras que los países de la OCDE
lograron reducir la intensidad energética en un 24 % durante el período
1980-2004. Es claro que en América Latina y el Caribe tenemos mucho por hacer
aún en este terreno. Es una tarea a la que deben abocarse los gobiernos y
privados, porque pese a las reformas de los 90, en la región no se ha impulsado
el uso eficiente de la energía y las fuentes renovables.
Si
agregamos que, según datos del BID, la demanda de energía de América Latina
habrá aumentado en 76% al año 2030 y que la capacidad de generación eléctrica
necesitará aumentar un 144% para satisfacerla, se concluye que el reto para
nuestros países será asegurar la promoción de políticas energéticas sostenibles
a medida que nuestra población salga de la pobreza.
América
del Sur, Central, México y el Caribe disponen del 9,7% de las reservas probadas
de petróleo, y aportan el 13,8% de la producción mundial, cifra que se compara
positivamente con su participación en el consumo, que es del 8,1%. La situación
en cuanto a reservas convencionales a nivel mundial es muy favorable, pues su
9,7% se compara con un 2,5% de América del Norte (sin México), 9,3% de África,
8% de Europa del Este, un 4% de Asia y 1,6% de Europa Occidental.
En cuanto
al gas, la situación no es tan notable, pues la región dispone del 4,1% de las
reservas probadas. En hidroelectricidad, en cambio, consume el 22,2% del total
mundial, lo que la hace la región más rica de la Tierra en el recurso.
No
obstante, esta situación aparentemente tan favorable puede ser precaria. La
manifestación más preocupante de ello se verifica en el plano del petróleo,
donde existen varios países que siendo en la actualidad grandes productores,
registran amenazas, graves e inminentes, sobre la eficiencia de sus industrias,
sus niveles de exploración, explotación, refinación y distribución.
En este
sentido, en América Latina los mayores actores productivos, mucho más que las
trasnacionales privadas, son las grandes empresas estatales, cuyo rol en la
última década se ha visto fortalecido. Sin embargo, la situación de ellas es muy
variada, registrándose algunas que tienen altos niveles de eficiencia, y otras
que llegan a constituirse en un grave escollo para el desarrollo.
La
creciente preocupación vinculada a la relación de los combustibles fósiles y el
cambio climático, junto con los costos y la inestabilidad de los precios de
estos combustibles, han dado por resultado un mayor interés en el potencial de
uso de tecnologías y sistemas de energía renovable y eficiencia energética.
La
energía renovable, especialmente la hidráulica, ha sido una de las principales
fuentes energéticas en las Américas por muchos años. Pero el continente
Americano presenta una amplia variedad de fuentes de energía renovable –solar,
eólica, geotérmica, mareomotriz y biomasa– que pueden ser convertidas en energía
limpia.
La
eficiencia energética no significa privarse de energía, sino mejorar la
productividad de nuestros patrones de consumo mediante tecnologías de generación
avanzadas y eficientes, maquinarias, vehículos y electrodomésticos más
eficientes y la reducción del derroche. Ello nos permitirá, entre otros
objetivos, atender la necesidad básica de los 50 millones de personas en nuestro
continente que aún no cuentan con un suministro confiable de electricidad.
En este
contexto, la XXXVII Asamblea General de la OEA, que comenzó ayer aprobará una
serie de medidas tendientes a abordar esta problemática con un espíritu de
solidaridad, y en base a un intercambio de conocimientos y a la transferencia de
tecnología que, en muchas ocasiones, tiene su origen y desarrollo en nuestra
propia región.
"El reto
de nuestros países será asegurar la promoción de políticas energéticas".
J.M. Insulza es el secretario
general de la Organización de Estados Americanos. El presente artículo se
publicó en varios periódicos el 4 de junio de 2007. Se permite la reproducción del artículo siempre que se cite la
fuente.
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