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Problemas
de energía en Uruguay
Centrales
nucleares en el horizonte:
¿Solución
o más problemas?
Gerardo
Honty
El
sistema de generación de electricidad en Uruguay es esencialmente hidráulico.
La potencia instalada es de unos 1500 megavatios (MW) en hidroeléctricas y 500
MW en centrales de generación térmica a fuel oil y gasoil. En estos días se
están agregando 200 MW más, con la nueva central térmica de Punta del Tigre.
El pico de consumo anual se registra en alguna noche de invierno, cuando puede
llegar a 1400 MW. Quiere decir que en un año de buena hidraulicidad, con
suficiente agua en los embalses, es muy poco lo que se necesita generar en las térmicas
y podemos abastecernos sin riesgos. El problema es que a veces el agua no
alcanza y debe recurrirse a la generación térmica o importar de países
vecinos. Tenemos, entonces, tres fuentes de abastecimiento: hidráulica, térmica
e importaciones. Pero
el mercado de la energía no es estático, los precios del combustible varían,
las economías fluctúan y la demanda de electricidad cambia. Como las
inversiones en el sector energético tienen períodos de retorno muy largos y la
construcción de centrales toma mucho tiempo, hay que prever con antelación el
futuro. En nuestro caso, las variables más importantes para determinar ese
futuro son tres: cuánto va a crecer la demanda, cuál va a ser el precio del
petróleo y cuanta lluvia caerá sobre las cuencas del río Uruguay y el Negro. Dijimos
que el mercado de la energía no era estático, pero tampoco es impermeable. Hay
decisiones políticas o económicas que se toman dentro o fuera del sector que
pueden modificar alguna de las tres variables mencionadas: el precio del petróleo
lo maneja la OPEP; la lluvia, los dioses; las importaciones, el humor de los
vecinos. Quiere decir que la demanda es la única de las tres variables sobre la
que podemos incidir –además de aumentar la oferta, claro está. Hablar del
futuro del sector eléctrico en Uruguay implica entonces determinar el riesgo
que estamos dispuestos a asumir por la falta de agua, por alzas del precio de
los hidrocarburos, por la relación con los vecinos, y determinar también qué
políticas incrementarán o disminuirán la demanda. Lo
nuclear Esta
larga introducción muestra que, antes de definir la instalación de nuevas
plantas, sean del tipo que sean, se requieren una serie de decisiones y
supuestos que muchas veces son pasados por alto. Recién después, si llegamos a
la conclusión de que se necesita nueva capacidad instalada, entonces veamos cuál
es la mejor alternativa. En este contexto ubicamos la discusión sobre la energía
atómica. Hay
que tener en cuenta que la hidraulicidad varía y también lo hacen las
diferencias de consumo a lo largo del día y de las estaciones del año: podemos
requerir 200 MW en una tarde de verano y 1400 MW en una noche de invierno. Para
cubrir estas variaciones necesitamos una fuente energética que pueda “entrar
y salir” del sistema más o menos rápida y frecuentemente. La
flexibilidad necesaria ya de por sí dejaría afuera la opción nuclear para
nuestro país: la puesta en operación de las centrales nucleares es muy lenta y
costosa; tales instalaciones están pensadas para funcionar “en la base”, es
decir, todo el tiempo. Además, las centrales nucleares suelen ser de gran
capacidad generativa, por encima de los 700 MW y esto dificulta aún más su
inserción en el pequeño volumen del sistema uruguayo. Finalmente,
los tiempos de construcción de una central nuclear son del orden de los diez años
como mínimo y dado que esperamos una demanda creciente es probable que de
cualquier manera haya que instalar otro tipo de generación mientras se completa
la construcción. Otra cosa sería una nucleoeléctrica para exportar energía:
en este caso, el inversor deberá prever las mismas variables de futuro, lluvia,
precios, demanda e importaciones, pero a escala regional. Los beneficios para
Uruguay serían muy parciales, pues de la generación total se podría consumir
entre un 10 y un 20 por ciento, mientras el resto sería para exportar. Los
riesgos de la energía nuclear son conocidos. Básicamente podemos hablar de
tres problemas fundamentales: riesgos de accidentes, disposición final de los
residuos radiactivos por decenas de miles de años, posibilidad de que el
combustible nuclear pueda derivarse a fines bélicos. Analizar estos problemas
excede el alcance de este artículo, pero aunque sus promotores suelen afirmar
que Chernobyl fue el último accidente en centrales atómicas, hay una larga
lista de pequeños desastres a lo largo de la historia. Más allá de todo esto,
la instalación de una central nuclear sería innecesaria, como usted podrá
comprobar si lee lo que sigue, pues hay opciones a nuestro alcance y de riesgo
mucho menor. Alternativas Fuentes
de energía como la solar, la eólica y la biomasa ofrecen diferentes soluciones
para situaciones también diferentes. Por ejemplo, la energía solar
fotovoltaica es muy cara en nuestro país, pero no lo es la térmica, también
de origen solar o de fuentes termales. Esta energía puede ser utilizada
masivamente para calentamiento de agua o calefacción, reduciendo así la
demanda de generación centralizada de electricidad. La
energía eólica tiene la desventaja de ser variable como la hidráulica, pero
utilizarla cuando hay viento adecuado nos ayudaría a ahorrar agua y administrar
mejor los embalses. Los costos de generación eólica son similares por unidad a
los de la nueva central térmica de Punta del Tigre. Otra excelente fuente de
energía son los residuos agropecuarios forestales, arroceros, azucareros y demás;
utilizarlos para generación tendría la ventaja de solucionar de pasada la
disposición final de los mismos. Todas
estas alternativas sumadas al manejo de la demanda bastarían para solucionar
nuestros problemas eléctricos, pero los augures nucleares insisten en que hay
que tener una “oferta” firme, de gran porte y centralizada. Agregaré una
alternativa que puede cumplir con estas aspiraciones de grandeza pero es más
convincente: la leña. La
generación con leña tiene muchas ventajas respecto a las demás y sobre todo
ante la nuclear. Es un combustible nacional; a diferencia del petróleo o el
uranio no necesitamos importar leña, no dependemos de precios internacionales
ni del humor de los proveedores. Hay en el país una amplia experiencia en la
construcción, manejo y mantenimiento de calderas a leña que quizá sea única
en el mundo y por eso nos cuesta tanto aceptarla. Una
central a leña es flexible. Puede funcionar intermitentemente, entrando o
saliendo del sistema en el momento que haga falta, y construirse en módulos de
100 o 200 MW, centralizados o dispersos, a la vez o acompañando el crecimiento
de la demanda, sin exigir una única gran inversión. Haría falta actualizar
los estudios de costos, pero todo hace suponer que una central a leña de
capacidad similar, no sería más cara que las nuevas térmicas de Punta del
Tigre. En
los aspectos sociales, la generación a leña tiene la potencialidad de crear
decenas de veces más empleos que la nuclear. Tampoco se necesitarían grandes
extensiones de nuevos cultivos forestales: lo que hoy ya está plantado alcanzaría
para generar toda la electricidad que se consume en Uruguay. Por otra parte, las
emisiones de gases de impacto local pueden ser controladas y la leña no produce
gases de efecto invernadero. En
conclusión, antes de sentarnos a discutir cualquier solución nuclear veamos
seriamente cuáles son las oportunidades que nos ofrecen el manejo de la
demanda, el modelo de inserción regional y –particularmente– las ventajas
comparativas de generar electricidad a partir de nuestra leña.
G.
Honty es coordinador del Programa de Energía de CEUTA (Centro Uruguayo de
Tecnologías Apropiadas).
Publicado
en el semanario Peripecias Nº 12 el 30 de agosto 2006. Se permite la reproducción
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