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Accidente
nuclear en Suecia
De
inocuo a muy serio en una semana
José
da Cruz Fallas
de seguridad, alarmas y emergencias ocurren cada poco tiempo en la industria
nuclear. Debido a sus propias características las centrales atómicas son
permanente origen de inquietud, y también un problema social y político. En
nuestro país cada tanto tiempo se alzan voces reclamando la instalación de
reactores para producir energía, pero es necesario plantearse complejas
interrogantes. El
martes 25 de julio pasado informó la prensa que un percance había detenido el
funcionamiento de la usina nuclear de Forsmark, cercana a Estocolmo, pero que el
reactor no estaba afectado. Sin embargo, dos días después la Inspección
Nuclear del Estado (INE) calificó el suceso como muy serio. El 1º de agosto,
el antiguo director de obras de la usina comentó que el incidente había sido
el más serio después de los desastres de Harrisburg y Chernobil. ¿Qué había
sucedido? Todo
comenzó cuando un cortocircuito activó unos fusibles y de este modo se perturbó
el sistema de reserva para la refrigeración del núcleo del reactor. Si no se
refrigera, el reactor se funde debido a su propia generación de altísimas
temperaturas. Con el sistema de seguridad fuera de función hubo que detenerlo.
En realidad, una central atómica es una gran caldera para hervir agua y el
vapor resultante mueve turbinas que producen electricidad. En
el accidente de Harrisburg en 1979 se produjo una fusión parcial del núcleo
del reactor, pero el blindaje resistió y no escaparon gases radiactivos; en
Chernobil en 1986, el reactor explotó a causa de materiales inadecuados
sometidos a una prueba de resistencia mal hecha. Si en Forsmark no pasó algo
parecido se debió a que el reactor toma el agua de enfriamiento de la red pública
de cañerías, pero cuando el sistema suplementario de seguridad quedó
inutilizado, el riesgo de desastre estaba muy presente. Forsmark
cobró fama mundial en ocasión del accidente de Chernobil, pues la primera señal
de que algo raro estaba pasando fue que la radiactividad medida fuera de la
planta era mayor que la que existía junto al reactor. Esto produjo alarma y
temores pues basta con mínimas porciones de material para que la radiactividad
se difunda en el ambiente. ¿Alguien había retirado material radiactivo de las
instalaciones? Dudas y confusiones se disiparon recién cuando se supo que el
origen de la radiación había llegado desde Ucrania con el viento del mar Báltico. Aquella
alarma inicial se transformó en alabanzas a la seguridad y al alto nivel
constructivo de las plantas nucleares suecas así como al personal competente y
habilidoso que las manejaba: esas cosas podían pasar en otro lado, pero nunca
en casa. Sin embargo, el periodista Fredrik Lundberg analizó los accidentes
ocurridos a lo largo de los años y presentó su opinión divergente: pudiera
ser que la mitad de los reactores de Suecia estuvieran en realidad por debajo
del nivel de seguridad internacional. En parte, el hecho depende de que es
imposible hacer controles de inspección totalmente independientes. En
efecto, la Inspección Nuclear del Estado está encargada de investigar las
anomalías de funcionamiento, pero para descubrirlas depende de que la industria
nuclear le informe que algo anda mal. La INE controlará que se haga lo que la
industria dice que se hará para mejorarlo, pero no puede hacer más. La
inspección es un trabajo de colaboración entre industria y autoridades y
supone mutua confianza; sin esa colaboración y confianza, la INE no puede
hacerse una idea de lo que en realidad sucede en las plantas atómicas, escribe
Fredrik Lundberg. Colaboración
y confianza son una causa probable de que entre 1974, cuando se instituyó la
ley reguladora de la tecnología nuclear, y 2001, límite de la investigación
de Lundberg, solo un par de las muchas faltas denunciadas, mayores o menores,
alcanzaron los tribunales, y ninguna desembocó en una condena judicial. Sin
embargo, la INE comprobó que en varias ocasiones los sistemas de seguridad habían
estado inactivos, los sistemas de enfriamiento de emergencia desconectados, había
habido fallas de aislación y escapes, problemas de diseño sin atender... Tales
errores se cometieron y se siguen cometiendo. No
es un problema específico de Suecia, sino de los aspectos sociales de la
tecnología. Los ciudadanos no perciben directamente los posibles efectos de una
planta nuclear: un escape radiactivo no huele, no duele, no mancha, no se ve ni
se escucha, pero envenena y mata. La única forma de detectarlo es con
dispositivos a cargo de técnicos que, de un modo u otro, están ligados en
simbiosis con la industria nuclear o con las autoridades que colaboran con ella.
Un incendio, por ejemplo, no se puede ocultar a los ojos del público y éste
puede defenderse por lo menos huyendo del lugar; un escape radiactivo presenta
un panorama completamente diferente. Ejemplos
similares pueden hallarse en industrias de procesamiento químico y, por
supuesto, en las misteriosas elaboraciones militares. La existencia de secretos
comerciales no mejora las cosas y tampoco lo hace la –falta de– presencia de
un Estado débil. Si pensamos en el caso del Uruguay surgen interrogantes lógicas.
Cuando comiencen a producir las fábricas de celulosa, ¿podrá algún vecino
definir si el habitual olor a repollo hervido implica escapes de furanos y
dioxinas? Furanos y dioxinas ¿dependen del olor, en realidad? ¿Huelen? ¿Y qué
pasa si el sistema de control de la empresa y el control paralelo que piensa
instalar el Estado muestran valores diferentes? Mientras
no sucede un desastre los riesgos emigran del debate. Así lo indicaron las
reacciones de los políticos suecos en los días posteriores al incidente, desde
las más conservadoras –“no hay motivo para rever las disposiciones de
seguridad”– hasta las de tinte ambientalista –“ningún reactor debería
estar en funcionamiento sin una seguridad del 100 por ciento”. Todo siguió
como siempre. Los
riesgos no residen solo en la misma producción de electricidad mediante fusión
nuclear sino que la minería de uranio es peligrosa, el manejo de los residuos
radioactivos no está para nada resuelto, muchas centrales nucleares no cubren
sus propios costos y la seguridad total de la explotación nunca podrá
garantizarse. Además, en Suecia, un plebiscito de 1980 decidió que la producción
de energía nuclear sería sustituida en la medida en que se desarrollaran
fuentes alternativas, y que la futura producción estaría en manos del Estado.
Nada de esto se ha cumplido. ¿Se cumplirían en nuestro país disposiciones
parecidas?
J.
da Cruz es analista de información en CLAES (Centro Latino Americano de Ecología
Social). |