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Discusión atómica en Argentina
Qué hay tras los problemas de Atucha I
Gabriela Manuli
La central nuclear de Atucha salió de servicio hace un mes por una falla en su generador. El Gobierno ocultó públicamente durante una semana la novedad para no agravar la crisis energética que se percibía en EE.UU., en medio de la visita de Kirchner a ese país. La otra central atómica, la de Embalse, está al máximo. El debate sobre la energía nuclear y el plan K.
Cuando el jueves 21 de septiembre se decidió sacar de servicio la central energética nuclear Atucha I, por una falla en el intercambiador de calor que demoraría al menos tres meses en repararse, la noticia no salió en ningún medio. Nucleoeléctrica Argentina S.A. (Na-Sa), la operadora, tardó más de una semana en darle difusión pública al problema. Pero no fue para todos igual. Los principales operadores del sector lo supieron casi simultáneamente cuando leyeron, la mañana siguiente, el informe de situación de la Compañía Administradora del Mercado Mayorista Eléctrico (Cammesa): “23.42 Atucha controlada indisponible”.
El hermetismo trajo consigo una serie de dudas y preguntas que aún no fueron respondidas. “La primera noticia, que se publicó en el diario Infobae, informó sobre una falla en el sistema convencional de Atucha I que no compromete componentes nucleares. Después, en el diario Clarín, la operadora de la central dijo que se trataba de una falla en el sistema intercambiador de calor, que es en el componente nuclear”, explicó Casavelos.
Na-Sa, la operadora de Embalse y Atucha I y II,
depende de la Secretaría de Energía que está bajo la órbita del Ministerio
de Planificación. Se creó el 7 de septiembre de 1994 por el decreto 1540.
En plena ola privatizadora, se buscó despejar el camino para que las tres
centrales pudieran pasar a manos privadas. Finalmente no sucedió esto y
hoy las plantas están en manos de una sociedad anónima del Estado
Nacional, cuyo directorio está conformado en su mayoría por ex y actuales
miembros de la CNEA.
Historia repetida
La falla en Atucha trajo a la memoria los anteriores problemas de las centrales locales. “Un problema de todo el sector es el secretismo. El mecanismo de información pública está condicionado y eso limita las capacidades de control y fiscalización real. La mayoría de los accidentes nucleares de los últimos años se oculta”, critica Eduardo Gudynas, director del Centro Latinoamericano de Ecología Social.
Según una investigación de Greenpeace, en 1998
Atucha I sufrió un incremento de actividad y vibraciones dentro del
reactor que provocó su salida de operación por un año: parte de los
elementos combustibles se encontraron dentro de la vasija de presión.
Además, el año pasado, un operario sufrió una sobreexposición a la
radiación cuando realizaba actividades de mantenimiento de máquinas para
manipular el combustible. La Fundación para la Defensa del Ambiente (FUNAM) relevó los accidentes sufridos por la Central de Embalse en Córdoba: “Estuvo muy cerca de tener un gravísimo accidente al comenzar sus operaciones en junio de 1983, pero recién se supo cuatro años más tarde. En septiembre de 1989 hubo una pérdida de agua pesada al lago de Embalse; en diciembre del mismo año dejó de funcionar por problemas en sus válvulas. En 1995 se comprobaron daños en tubos de presión y pérdida de agua pesada, y en 1996 hubo contaminación con tritio radiactivo en el interior de la central. Por último, en 2003 existió un problema en un generador de vapor y se fugó agua pesada al lago”.
Polémica
El debate globalizado sobre la energía nuclear
–que produce aproximadamente un 17% de la energía eléctrica en el mundo–
concentra opiniones polarizadas. Según informa la OIEA, hoy hay 442
plantas en operación, 6 en vías de cumplir su ciclo de vida y 28 en
construcción. A esta cifra hay que sumarle los planes de construir, al
menos, 73 reactores más. En Europa, un tercio de la energía eléctrica es
nuclear, hay 165 reactores y 59 de ellos se encuentran en Francia, uno de
los íconos atómicos.
Mientras el Gobierno argentino lanza el plan
nuclear como una solución de avanzada, en España, uno de los pilares del
gobierno socialista es la apuesta antinuclear: no renovar los permisos de
las plantas y que haya un plan de cierre progresivo. Del otro lado del
Atlántico, el país ibérico tiene ocho reactores en funcionamiento que
producen el 23% de la electricidad consumida.
Eduardo González, presidente del Foro de la
Industria Nuclear Española y presidente de la Asociación Europea de la
Industria Nuclear (Foratom), polemiza con la decisión en su país: “Yo creo
que en España todavía se sigue ligando lo nuclear a una cuestión de
derechos y de izquierda, de ideología política, se considera que es
progresista el que no haya energía atómica. Yo creo que es una
equivocación del progresismo de salón. Es una energía que necesitamos hoy
más que nunca. Además, nosotros defendemos la convergencia entre
renovables y lo nuclear”.
En el mismo sentido, opina el presidente de la
ARN: “La radiación tiene mala prensa; es un tema político y psicológico.
En Francia no contamina, en Inglaterra poco, en Alemania contamina mucho y
en Italia tanto que no tienen ni una sola central nuclear”. En Argentina, los críticos de los átomos echan la culpa de los males al lobby nuclear enquistado en todos los gobiernos y que representa a concepciones anacrónicas. Sin excepción, todos apuntan contra el secretismo del sector, aun hoy influenciado por el origen militar de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA): todo lo que sucede puertas adentro de las centrales es confidencial y reservado. El caso de Atucha I, entonces, sería una confirmación más de una historia conocida: la información atómica en democracia se sigue manejando como un secreto de Estado.
Publicado en suplemento El Observador, del diario “Perfil”, Buenos Aires (Argentina), el 22 Octubre 2006. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos. |
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