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Cambio climático: los peligros de la ruta unilateral
Septiembre 21, 2009
Los líderes mundiales se reunirán esta. semana en Nueva York para
abordar el tema del cambio climático, por invitación del secretario
general de las Naciones Unidas Ban Ki-moon. Esta cita de un día (el 22
de septiembre) es crucial, ya que tiene lugar solo tres meses antes de
la conferencia de Copenhague, que busca lograr un acuerdo global que
reemplace al Protocolo de Kyoto de 1997.
¿Por qué las negociaciones multilaterales sobre el calentamiento
global son fundamentales para la región? ¿Qué está en juego para
América Latina y el Caribe?
Creo que no es exagerado decir que estamos frente a una disyuntiva
vital: o desplegamos nuestra mayor voluntad y creatividad para
alcanzar un acuerdo multilateral equilibrado y justo en Copenhague, o
abriremos el camino a medidas unilaterales que perjudicarán el
crecimiento futuro de nuestra región.
O seguimos un camino negociado, con base en valores compartidos, en
tiempos acordados y esfuerzos proporcionales —según el principio de
las responsabilidades comunes pero diferenciadas y de acuerdo con las
capacidades de cada país— o nos embarcamos en una ruta de iniciativas
nacionales aplicadas indiscriminadamente, que no distinguen niveles de desarrollo relativo y que sólo obedecen a las leyes del mercado.
Ya se registran fuertes evidencias de cómo nuevas normas “climático-económicas” tienden a incluir regulaciones unilaterales al
comercio con base en la huella de carbono de los bienes y servicios
que se intercambian.
En junio, la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó el “Acta sobre Energía Limpia y Seguridad”, que busca lograr para 2020
una reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero de 17%
en relación con 2005. Para proteger su economía, esta ley –que aún
debe ser aprobada por el Senado- considera aranceles compensatorios a
partir de 2020 sobre bienes importados intensivos en carbono como
acero, cemento, papel y vidrio, provenientes de países que Estados
Unidos estime que no están haciendo lo suficiente para reducir sus
emisiones.
En Francia, la información sobre la huella de carbono de los productos
y de su embalaje, así como de su consumo o potencial impacto sobre el
medio ambiente, será obligatoria a partir del 1 de enero del año 2011
en el marco del proceso Grenelle II.
En octubre de 2008, Inglaterra creó un estándar denominado “Publicly
Available Standard” (PAS 2050) para calcular las emisiones de gases de
efecto invernadero (GEI) asociadas al ciclo de vida de productos y
servicios, y elaboró el Código de Buenas Prácticas para la emisión y
reducción de GEI.
El gobierno de Japón implementó un proyecto piloto este año para el
etiquetado voluntario de la huella de carbono en alimentos y bebidas,
basado en la iniciativa inglesa.
Estas medidas unilaterales podrían significar que los esfuerzos y la
responsabilidad de mitigar los efectos del cambio climático se
desplacen de norte a sur. Y podrían convertirse en una nueva traba al
crecimiento económico de los países en desarrollo.
Entre tanto, ¿qué sucede en América Latina? Por ahora, la cuestión de
la huella de carbono de las exportaciones apenas comienza a emerger.
En Chile y Perú algunas empresas de diversos rubros han comenzado a
desarrollar voluntariamente la contabilidad de la huella de carbono en
sus cadenas productivas. Y lo que se inicia, por presión de los
compradores, como una actividad marginal puede convertirse en un
impulso para modificar sistemas de gestión e invertir en procesos y tecnologías más limpias.
Es probable que estas iniciativas se fortalezcan y que los países en
desarrollo —en particular América Latina y el Caribe— enfrenten el
riesgo de pérdida de mercados de exportación ante la aparición de
competidores mejor adaptados para lidiar con las nuevas exigencias.
La región debe tomar muy en serio estos hechos en el diseño de sus
políticas públicas y en su planificación económica a largo plazo. Si
se aborda de manera oportuna e integrada, el cambio climático puede
convertirse en una ventana de oportunidad. Una ventana para emprender
la descarbonización gradual de la matriz energética, para renovar
infraestructura, mejorar procesos productivos, crear modos de
transporte más eficientes y transitar gradualmente hacia una senda de desarrollo con menor contenido de carbono.
Estos son los desafíos que tenemos por delante. Lo que se espera de
Copenhague es un pacto global renovado, con claros compromisos
vinculantes de parte de los países industrializados, con voluntades
explícitas de los países emergentes y mecanismos financieros y
tecnologías para lograr la meta de reducir las emisiones de gases de
efecto invernadero entre 20% y 40 % en el año 2020 con respecto a los
niveles de 1990.
Por eso urge fortalecer las relaciones de confianza entre los
distintos grupos de países y aminorar la fricción que hemos
experimentado hasta ahora en el marco de las negociaciones
multilaterales sobre cambio climático.
La cita convocada por el secretario general de las Naciones Unidas en
Nueva York es una excelente oportunidad para hacerlo.
Alicia Bárcena es secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para
América Latina y el Caribe, CEPAL | Publicado en: ElFaro.net - San Salvador, 21 de setiembre de 2009. Reproducido en este sitio unicamente con fines educativos.
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